8 de noviembre de 2011

Romance del Conde Flores

Puerta de casa:


Este romance de crías lo aprendimos de memoria y si que lo cantábamos, dicen que lo que se aprende de crías nunca se olvida, es muy bonito.
ROMANCE DEL CONDE FLORES, por Claudia Pastor Pastor (1995)
Grandes guerras se publican
en la tierra y en el mar,
y al conde Flores le nombran
por capitán general.
Lloraba la condesita,
no se puede consolar;
acaban de ser casados
y se tienen que apartar1.
—¿Cuántos días, cuántos meses
piensas estar por allá?
—Deja los meses, condesa,
por años debes contar;
si a los tres años no vuelvo,
viuda te puedes llamar.
Pasan los tres y los cuatro,
nuevas del conde no hay;
ojos de la condesita
no cesaban de llorar.
Un día, estando a la mesa,
su padre la empieza a hablar:
—cartas del conde no llegan,
nueva vida tomarás;
condes y duques te piden,
te debes, hija, casar.
—Carta en mi corazón tengo
que don Flores vivo está.
No lo quiera Dios del cielo
que yo me vuelva a casar.
Dame licencia, mi padre,
para al conde ir a buscar.
—La licencia tienes, hija,
mi bendición además.
Se retira a su aposento,
llora que te llorarás;
se quitó medias de seda,
de lana las fue a calzar;
dejó zapatos de raso,
los puso de cordobán2,
y un brial3 de seda verde
que valía una ciudad.
Encima del brial puso
un hábito de sayal4,
y esportilla5 de romera6
sobre el hombro se echó atrás.
Cogió el bordón7 en la mano
y se fue a peregrinar.
Anduvo siete reinados,
morería y cristiandad;
anduvo por mar y tierra,
no pudo al conde encontrar.
Cansada va la romera
que ya no puede andar más.
Subió al puerto, miró al valle
y un castillo vio asomar.
—Si aquel castillo es de moros,
allí me cautivarán;
mas si es de buenos cristianos,
ellos me han de remediar.
Y, bajando unos pinares,
gran vacada8 fue a encontrar.
—Vaquerito, vaquerito,
te quería preguntar:
¿de quién llevas tantas vacas,
todas de un hierro9 y señal?
—Del conde Flores, señora,
que en aquel castillo está.
—Vaquerito, vaquerito,
más te quiero preguntar
del conde Flores, tu amo,
¿cómo vive por acá?
—De la guerra llegó rico;
mañana se va a casar;
ya están muertas las gallinas
y están amasando el pan;
muchas gentes, convidadas,
de lejos llegando van.
—Vaquerito, vaquerito,
por la Santa Trinidad,
por el camino más corto
me has de encaminar allá.
Jornada de todo el día
y medio la hubo de andar;
llegada frente al castillo
con don Flores fue a encontrar,
y arriba vio estar la novia
en un alto ventanal.
—Dame limosna, buen conde,
por Dios y por caridad.
—¡Oh, qué ojos de romera!
yo en mi vida les vi tal.
—Sí les habrás visto, conde,
si en Sevilla estado has.
—¿La romera es de Sevilla?
¿Qué se cuenta por allá?
—Del conde Flores, señor,
poco bien y mucho mal.
Echó la mano al bolsillo
y un real de plata la da.
—Para tan grande señor,
poca limosna es un real.
—Pues pida la romerita,
que lo que pida tendrá.
—Yo pido ese anillo de oro
que en tu dedo chico está.
Abrióse de arriba a abajo
el hábito de sayal.
—¿No me conoces, buen conde?
Mira si conocerás
el brial de seda verde
que me diste al desposar.
Y, al mirarla en aquel traje,
cayóse el conde hacia atrás.
Ni con agua ni con vino
se le puede recordar,
si no es con palabra dulces
que la romera le da.
La novia bajó llorando
al ver al conde mortal,
y abrazado a la romera
se lo ha venido a encontrar.
—Malas mañas sacas, conde,
no las podrás olvidar:
que, en viendo a una buena moza,
luego la vas a abrazar.
—¡Malhaya la romerita!
¿Quién la trajo por acá?
—No la maldiga ninguno,
que es mi mujer natural.
Con ella vuelvo a mi tierra,
y adiós, señores, quedad.
Quédese con Dios la novia,
vestidita y sin casar,
que los amores primeros
son muy malos de olvidar.

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